
Antes de entrar a responder a esta pregunta, creo que es necesario hacer una consideración previa. Dentro de las múltiples categorizaciones en las que se podrían dirimir los diferentes tipos de empleo, existe una muy general y de fácil comprensión para todos que para desarrollar el resto de ideas de este post debo citar. En este sentido, de un lado quedarían aquellos trabajos en donde para el desarrollo del mismo lo que prima es la utilización del “cerebro” y del otro, aquellos donde son “los músculos” los que ocupan la parte central del mismo. Si nos referimos al primer caso, hablaríamos de industrias first class (consultoría, banca, tecnología, etc.) y si aludimos al segundo tipo, tendríamos delante modelos de negocio donde el Directivo o jefe hace también las veces de capataz.
Hecha esta distinción, cabe apuntar que aunque sin duda el ideal empresarial de relación entre Directivos y empleados debe conducir siempre hacia el camino de la admiración y el respecto; la situación real que suele acaecer en ambos segmentos suele ser bastante dispar. Si bien en los trabajos más cerebrales el Directivo aspira a ser visto como un líder (ahora explicaré cómo) y él a su vez considera a su equipo como parte de la simbiosis necesaria; en los otros casos donde el trabajo es más físico, el jefe suele ser visto por sus empleados con cierto temor, es decir, como alguien del que se debe huir; lo que se retroalimenta con el convencimiento del propio Directivo, el cual está seguro de que si no estuviera él “con el látigo” nadie trabajaría y en consecuencia se comporta como si de verdad sostuviera tal instrumento de opresión.
A partir de este momento centraré mi exposición en el primero de los tipos descritos, el cerebral. He esbozado al comienzo del párrafo anterior una creencia personal sobre la que me gustaría profundizar un poco más. No pocas veces he escuchado a un Directivo preguntándose qué podría hacer para que sus empleados le “quisieran”. Bajo mi punto de vista éste se equivoca en el planteamiento. La pregunta que debería hacerse (y está claro que algo está haciendo mal si se encuentra en esta disyuntiva) es cómo debería comportarse para ser “admirado” por su equipo. “Admiración”, he aquí el quid de la cuestión. ¿Podría ser admirada una persona sin valores? Un Directivo tampoco. En el mejor de los casos una persona que no se comporte con ética, dignidad y justicia podría llegar a ganarse el respecto de sus empleados por sus competencias pero nunca nadie querría ser como él ni tampoco imitarlo. Por supuesto, estos valores no entienden de edad ni de experiencia, sino más bien de talento y cierta madurez, los requisitos mínimos que un Directivo debería acreditar para llegar a tener éxito en sus resultados de negocio y por tanto también con sus empleados. Los beneficios de actuar las 24h (y no únicamente durante las 8h laborales) de forma íntegra y honrada serán incalculables. Vale la pena intentarlo.